“El cambio de escala es a veces una cuestión de supervivencia. Primero vemos la montaña y luego dibujamos una línea en el mapa. Así, línea a línea, formamos la cordillera que no podemos abarcar con los ojos y, solo a través del ejercicio de la reducción, somos capaces de trazar un camino, tal vez, también, de transitarlo. De todo lo que nos importa y no comprendemos terminamos por dibujar un mapa, alterando al hacerlo el verdadero tamaño de nuestra ignorancia.”

jueves, 14 de agosto de 2008

Christine Spengler.


Me contaron hace poco la historia personal de Christine Spengler, digna de mencionar: Cuando su hermano, que era fotógrafo, se murió, ella en un ataque de desesperación cogió la cámara y empezó a hacer fotos con la cámara de su hermano… Impresionante historia..


Usted iba para escritora.
-Quise serlo escritora quizá porque me hizo mucho daño el divorcio de mis padres. Me mandaron a Madrid con mis tíos, a aquella horrible calle Velázquez, al lado de iglesia de la Concepción, donde veía a las señoras vestidas de negro, los zapatos de charol que me recordaban a los tricornios de la Guardia Civil y las gafas negras de Franco en el No-Do. Era un mundo opuesto al que yo había vivido con mis padres en la casa de las contraventanas amarillas, al de Marsella, donde rugía el viento austral. Además mi madre era bellísima. Cuando se murió en París la despidieron como “la última artista surrealista”. Era rubia, pero a raíz de la muerte de mi hermano Eric se tiñó el pelo de negro.

-Sorprende esa parte de su obra, entre onírica y surrealista, cuando usted se hizo famosa como corresponsal de guerra con sus fotos en blanco y negro.
-Como corresponsal, mi trabajo en blanco y negro es de un gran rigor y una gran austeridad, ahí me esfuerzo en dar peso a la historia, a esos rostros desgarrados o maravillosos que se plantan delante de mi cámara. Son ellos los que tienen que existir en la foto. Cuando se suicidó Eric, yo lo pasé fatal. Estuve quince años de duelo. Me corté el pelo a lo Juana de Arco y me vestí de luto como una viuda iraní, sin átomo de pintura. Entonces todo esa parte artística heredada de mi madre y de mi padre, la luminosidad de mi existencia en Francia, todo ello lo amputé bajo espesas capas y capas de abeto de mi Alsacia natal. Había puesto un enorme candado a mis sentimientos.

-¿Por qué fue para usted tan terrible la muerte de su hermano Eric? El suyo resulta un dolor casi sobrehumano.
-Eric era el hombre con quien me hubiera podido casar, pero era mi hermano. Nunca hicimos el amor. Eso era un tabú, pero nuestro amor sería puro hasta el fin de nuestra existencia. Cada uno podría llevar su propia vida amorosa, pero nuestro sueño era el de morir juntos en las dos camas del cuarto rojo y dorado de la casa de Provenza. Y de golpe, víctima de la depresión y de la distancia, él me dejó cuando yo empezaba a ser “Moonface”, “Cara de luna”. -Él también condicionó su vocación. Eric era el fotógrafo y usted nunca había cogido una cámara.
-Eso ocurrió en el Chad en 1970 cuando estuvimos unos días arrestados. Él era ayudante de un famosísimo fotógrafo de modas, Harry Meerson. Por eso llevaba las cámaras que yo cogí y accioné. Y ahí empezó todo.

-Recobremos el hilo de lo que nos quería contar. De golpe se suicidó Eric y usted estuvo quince años de duelo.
-Sí, en 1984 yo estaba condenada a muerte en Beirut por esos combatientes terroríficos que son los morabitos. Me iban a ejecutar de noche, pero de repente intercedió por mí el líder druso Walid Jumblat y me soltaron. Me devolvieron al hotel Comodore, el único que tenía grupo electrógeno, en un Mercedes blanco mientras caían los cohetes israelíes. Aquella noche, por primera vez en quince años, me di cuenta de que había estado muy cerca de la muerte. Todos los corresponsales de guerra hemos estado centenares de veces cerca de la muerte. Cuando oyes el silbo de la bala es buena señal: ya ha pasado y te has salvado. Pero nunca me pasó como aquella vez...

-Diga, diga, qué le ocurrió.
-El Tribunal Revolucionario me juzgó durante cinco horas con los ojos vendados y me condenó a muerte. Un niño palestino de nueve años me colocaba el revólver en la sien. Y el juez me decía: “Eres un espía israelita. Reconócelo. ¿Por qué aprendes árabe?”. Y no sólo eso. No entendían que hacía una mujer en aquella complicada misión. Insistían: “¿Por qué estudias árabe? ¿Por qué has estado cuatro veces en el Líbano en los últimos seis meses, tú, la mujer de negro? ¿Es que Sygma no tiene hombres que mandar a la guerra?”. Fue de las pocas veces, lo confieso, que ser mujer se volvió en contra de mí. Bueno, pues esa noche salí indemne como un torero y volví a soñar en colores, con paisajes oníricos y surrealistas, casi dalinianos, como no lo había hecho en los últimos quince años. Me dije: “A partir de hoy, de cada foto de duelo o tragedia que he sacado en mi vida, expondré su contrapunto en la belleza”.

3 comentarios:

Thiago dijo...

Conmovedora historia, y muy hermoso ese amor fraternal sin ser vicioso... pq ya sabes lo que dice el refrán: "Cuanto mas primo mas me arrimo, y si es hermana con mas gana..."

Realmente el arte debe ser en parte algo genético, pq sino no se explica esto ni las sagas familiares de cantantes, pintores, o toreros... no?

Bezos

Devin Town dijo...

Que pasada de historia. A pesar del horror de las guerras, y sin querer justificarlas ni defenderlas, siempre he pensado que en ellas se dan los sentimientos más puros, tanto negativos (como el odio), como positivos (como el amor a una persona o a la vida misma). O por lo menos después de haber estado en una se “siente más” por decirlo de alguna forma. Claro que no puedo hablar desde la experiencia, baso esta idea en los testimonios. Que yo no he vivido ninguna guerra y espero que la cosa siga así.

Me hago la misma pregunta que Thiago, aunque espero que no sea genético, porque si no la llevo clara…jejejeje. Menos mal que no aspiro a tanto.

Besos!!!

Carlos Becerra dijo...

Asu...

Christine Spengler...mas que una heroína...una mujer con un buen par de ovarios bien puestos !!!!

Te dejo unos datos mas sobre este prodigio de la raza humana:

Christine Spengler, una de las más prestigiosas autoras en este ámbito de la fotografía en la actualidad, descubrió su vocación en El Chat, donde había llegado con su hermano Eric desde París para olvidar la muerte de su padre. De formación autodidacta, no cree en las escuelas ni en la enseñanza de la fotografía. A su juicio, hacen falta tres requisitos fundamentales para ejercer la profesión: valor, ternura y saber mirar.
Con su Nikon de 28mm y su lema “para mí, siempre, el corazón es lo primero”, ha fotografiado los conflictos armados de Irlanda del Norte, Vietnam, Kosovo o Afganistán. Sus imágenes han dado la vuelta al mundo, ocupando las páginas de publicaciones internacionales como New York Times, Life, Time y Neewsweek. En sus instantáneas se revela la complicidad que establece con los sujetos fotografiados, sobre todo mujeres y niños, que miran frontalmente a la cámara.
En el amplio currículum de Spengler cabe reseñar que ha obtenido premios como el Scam en París en el año 1998, por sus trabajos sobre la guerra, o el que le otorgaron en Bruselas en el año 2000 como Mujer del Año. Sus obras se han podido ver en París (Centro Georges Pompidou), Madrid, Nueva York, Arlés, Lusana, Beirut, etc, habiendo participado en importantes exposiciones colectivas, como es el caso de Photo España.


Bien Asu...
Disculpa lo extenso, soy un pelmazo...

Un cariño grande como un elefante !!!

CarlosHugoBecerra.