“El cambio de escala es a veces una cuestión de supervivencia. Primero vemos la montaña y luego dibujamos una línea en el mapa. Así, línea a línea, formamos la cordillera que no podemos abarcar con los ojos y, solo a través del ejercicio de la reducción, somos capaces de trazar un camino, tal vez, también, de transitarlo. De todo lo que nos importa y no comprendemos terminamos por dibujar un mapa, alterando al hacerlo el verdadero tamaño de nuestra ignorancia.”

miércoles, 10 de junio de 2009

Pongamos que hablo....


Madrid es un agujero lleno de hormigas. Los incansables nunca duermen, las viejas abuelitas van con sus carritos de la compra de cuadros verdes y los coches siempre pitan… Eso es así. Pero entre tanto barullo se esconden las pequeñas cosas. Las lámparas de las casas que asoman por la ventana, la sequedad del suelo, las grandes avenidas y las calles pequeñas llenas de objetos curiosos, telas, libros y bares distintos.

En Madrid no existen los nombres ni las caras, ni las formas de vestir. De hecho, prácticamente tú no existes. No te diferencias por tu forma de andar, ni de tomarte el café, ni de pintarte los labios, ni de pagar la cuenta. Tampoco importa si cantas por la calle o te ríes en los semáforos. 

En Madrid puedes ser tú o ser otro distinto, incluso ser dos personas a la vez. Puedes ser tu vecina, la revisora de la zona verde o Miguelito el del bar…. Que aún no se ha quedado con tu cara….. Puedes ser la pareja que ves todos los días volviendo del trabajo, con la rutina incorporada al traje de chaqueta, o la chica que canta mientras mira los yogures en el supermercado. Puedes ser seis fotos a la vez con la misma falda estampada. 

Por eso muchas veces es difícil centrarse en uno mismo. Y lo más curioso es que termina siendo mágico. 



4 comentarios:

El éxodo dijo...

Al final sorprende esa fe en la magia.

Dámaso Alonso, hace unas cuantas décadas lo vio así:

INSOMNIO

Madrid es una ciudad de más de un millón de cadáveres (según las últimas estadísticas).
A veces en la noche yo me revuelvo y me incorporo
en este nicho en el que hace 45 años que me pudro,
y paso largas horas oyendo gemir al huracán, o ladrar los perros,
o fluir blandamente la luz de la luna.
Y paso largas horas gimiendo como el huracán,
ladrando como un perro enfurecido,
fluyendo como la leche de la ubre caliente de una gran vaca amarilla.
Y paso largas horas preguntándole a Dios,
preguntándole por qué se pudre lentamente mi alma,
por qué se pudren más de un millón de cadáveres en esta ciudad de Madrid,
por qué mil millones de cadáveres se pudren lentamente en el mundo.
Dime, ¿qué huerto quieres abonar con nuestra podredumbre?
¿Temes que se te sequen los grandes rosales del día,
las tristes azucenas letales de tus noches?

Dámaso Alonso

Besos.

MEG dijo...

Es lo que tienen las grandes ciudades: lo bueno de no sentirte seguida y observada y lo malo de sentirte insignificante y olvidada.

Depende de lo que busques y de lo que quieras.

Yo soy de pueblo y llevo bastante bien el hecho de que la gente me reconozca y me relacione con la familia, ahora en el pueblo de mi novio la gente me relaciona enseguida con él (porque por su trabajo es muy conocido) y cuando voy sola a la compra o tal, me preguntan por él.

Taitra dijo...

Es curioso, esa misma sensación de la que hablas, la de sentirte uno más, fue la que me encantó cuando llegué a madrid (hace 8 años y pico...que se dice pronto!!!!)pero ahora ya estoy un poco cansada. Ya necesito un poco más de contacto humano.

Un besin!!

Aïcha dijo...

Suena al ritmo frenético de ciudad. SIempre me ha fascinado ese ritmo, aunque mi enamoramiento de Sevilla sea tan fuerte, alguna vez tendré que vivir en una gran ciudad.